EL PERDON

                               por Dirma Pardo Carugati

                            
 
 

 Como siempre, al comenzar un mes, el banco se hallaba  lleno de gente. Laura estaba resignada a pasarse un buen rato en una larga fila demarcada por gruesos  cordones, para tener acceso a las ventanillas. Era el  inevitable trámite que ahora hacía, en vez de su  finado padre , para cobrar los haberes de los que vivían ella y su madre.

Para no aburrirse, Laura empezó a mirar detenidamente a los clientes  que entraban o salían por la puerta giratoria y se puso a jugar  con un  cálculo de probabilidades : ” La próxima persona será un varón de edad mediana, la siguiente será una mujer ”...

Así se entretenía , cuando al mirar a la joven que acababa de entrar , se llevó tal  sorpresa  que quedó inmovilizada del asombro.   “¡ No puede ser - pensó Laura - es idéntica a  mí ”

La sensación extraña que sentía al encontrarse con alguien que se le pareciera tanto, la perturbó. No podía sacarle la vista de encima y al mismo tiempo quería ver  qué reacción se producía en los demás. Pero nadie parecía darse cuenta.

La recién llegada tomó un sitio en la hilera que conducía a “Extracciones “, mientras buscaba algo en su bolso. La avanzada posición de Laura, le permitía tener a la joven de costado y seguir  observándola , sin salir de su estupor.

- “Eh, señorita, es su turno “ le dijeron impacientes los de atrás. Entonces, la que acababa de entrar, se fijó en ella y sus miradas se encontraron.

Estaba segura - casi segura -  de que la joven se  había ruborizado cuando se miraron.. Laura tomó su dinero, ni siquiera lo contó ; lo guardó instintivamente . Su pensamiento estaba ocupadísimo en hallar una explicación al fenómeno que la había alterado tanto. Resolvió quedarse en los escalones de la entrada,  para ver salir a su sosía  o convencerse de que todo no fue más que una ilusión óptica.

Después de una angustiosa espera, la puerta giratoria le devolvió la figura de una joven esbelta, vestida sin lujo pero con cuidado y  - sin duda ya - que tenía sus mismas facciones. Al ver a Laura, se acercó a ella y le  extendió un  papelito  con un número telefónico.

- Está sorprendida, ¿ verdad ? Cuando quiera, llámeme. Mi nombre es Leticia Reynal, con  y griega. - dijo sonriendo y se alejó.

Laura casi sufre un desmayo, tal era su sorpresa, que ya empezaba a convertirse en miedo. Que la joven tuviera , además , su mismo apellido, ya era demasiado.

Casi corriendo llegó a su casa ; impacientemente  llamó a su madre y empezó a contarle atropelladamente todo lo ocurrido. Notó que el rostro de su madre cambiaba mientras escuchaba y finalmente , se cubrió la cara con ambas manos y empezó a llorar.

- ¿ Qué pasa, mamá ? Lo sabías . ¿ Por qué  nunca me contaste nada ?  ¿ Es tu hija, también ?

-  ¡ No ! ¡ Mil veces no ! - gritó la madre presa de un ataque de ira.- Esa maldita no es  hija mía  .   Y siguió llorando. Cuando se calmó , tomó las manos de su hija y con voz entrecortada, empezó su relato.

- Laura, querida : yo nunca te conté  nada de esto ; quería evitarte el dolor y la vergüenza . Yo sufrí  tanto, tanto , que deseaba  que nunca tuvieras que pasar por lo mismo. Es horrible lo que voy a decirte, pero esa mujer que hoy viste, es el fruto de un amorío de tu padre. No podía hacerte daño revelándote el secreto puesto que sabía  muy bien cuanto adorabas a tu padre y cómo lo idealizaste, sin que él lo mereciera. A mí me rompió el corazón. Yo era muy joven cuando me casé.  Creía en su amor, me consideraba afortunada por ser la esposa de un hombre respetado, de  un magistrado honesto..... Pero cometió la traición más vil. Llevaba una doble vida. No lo supe hasta mucho después. Por años fui la única que no lo sabía . Me había convertido en el hazme reir de la sociedad asuncena, hasta que una amiga sincera me  contó lo que estaba pasando.
 
- La aventura de tu padre no fue una noche de juerga o un desliz de juventud. No. El visitaba asiduamente , a escondidas,  en el barrio de la Encarnación, a una señorita, de una familia venida a menos. Estoy segura de que ella lo atrapó para  arreglar su posición económica. Muchas mujeres - mujerzuelas en el fondo -  se buscan un amante rico, un protector, porque no saben hacer otra cosa. Pero eso no lo disculpa a tu padre ; él se dejó atrapar , teniendo una familia, un hogar. Por supuesto, no podía  abandonarme, yo no sabía nada, vivía y me desvivía por él. De modo que continuó con el engaño cuanto tiempo pudo, hasta que me enteré de todo. Lo que más me duele es que esa criatura bastarda que hoy conociste, nació en el mismo año que vos, su hija legítima, solo con meses de diferencia. El tiro de gracia fue  el hecho de que tu padre le diera su apellido.
 
¡ Qué humillación ! En una ciudad pequeña como ésta, donde todos nos conocemos, no pasaría mucho tiempo sin que se descubriera la verdad . Y yo tuve que vivir con esa afrenta. Ni hablar de divorcio en esa época , menos aún en nuestra posición social. Ahora entenderás por qué había dos camas separadas en nuestro dormitorio. Yo no soportaba dormir a su lado. Pero  dejarlo hubiera  causado un escándalo. Y lo principal,  compréndelo bien, lo soporté todo por vos, porque no perdieras tu lugar , y mi mayor preocupación fue que no te enteraras de nada. Ahora  sabés por qué fui una madre absorbente, celosa, que no te dejaba ir a casa de tus compañeras. Fue también, por la misma causa, que, con todo el dolor de mi alma, te mandamos a Buenos Aires a seguir el colegio secundario . Aquí existía el riesgo de que cualquier día te encontraras con tu.... con esa ... que cada día se te parecía más. ¿ Por qué, Señor, por qué tuvo que ser tan parecida ?  ¿ Para proclamar al mundo el origen de su bastardía ?  No me corrijas.  Deja que me desahogue ; tanto tiempo tuve que callar. Ya sé, ya sé que ella no tiene la culpa, pero no puedo aceptarla, no la tolero porque es la hija de quien me robó el esposo y para colmo se robó también tu imagen.

Doña Leonor y Laura  lloraban  abrazadas . La joven empezó a hablar, lentamente, como si estuviera pensando cada palabra que pronunciaba :

- Mamá, comprendo que sufriste mucho. Pero  ahora que la verdad te liberó , podés vivir sin rencor.  Por favor . Papá murió, está muerto . Yo estoy segura  de que él también  habrá  padecido. No quiso  herirte, lo creo firmemente, pero habrá sufrido porque nunca lo perdonaste . ¿ Podrías hacerlo ahora, mamá ?
- Jamás. Y es mejor que olvidemos esta conversación.

Laura  se fue a su habitación. No  quiso almorzar ni aceptó las varias opciones  que le ofrecía su madre.  Quería estar sola y pensar en todo lo que acababa de enterarse.  Lo curioso es que no podía sentir enojo hacia su padre ; de él solo recordaba mimos, halagos, un cariño inmenso. Buceaba en su pasado tratando de encontrar dónde encajaba toda la historia recién revelada , pero no hallaba indicios.  Sus padres siempre estuvieron juntos en los actos oficiales y en las reuniones familiares . Pero, es  cierto, ahora se daba cuenta, de que su madre en privado fue siempre una mujer fría, áspera con su marido,  aunque nunca le hiciera en voz alta un reproche. Y sintió pena por su madre y se compadeció de su padre.

En  ese momento, Laura empezó  a sentir una angustiante necesidad de  encontrarse con su hermana. Le resultaba extraña la palabra “hermana” , implicándose en ella ; no podía menos de sonreir cuando la pronunciaba. Se sentía diferente. Tenía que replantear su vida que había sido construída  sobre  un cimiento de mentiras. No quería contrariar a su madre, pero tenía que ver a esa joven desconocida que le estaba inspirando sentimientos inexperimentados.

Buscó  el papelito  en su bolso. Observó fijamente el número anotado  y miró el reloj. Era de siesta, la hora perfecta , mágica, luminosa.. Sin proponérselo, recordó las siestas de su infancia y sus juegos solitarios ,cuando hablaba con una amiga imaginaria .

Empezó a marcar  el número , sin poder controlar el temblor de sus manos. Escuchó  la voz que contestaba.  Sabía el nombre - cómo olvidarlo - y dijo :

- Leticia, ¿ podemos hablar ?
 

                  II
 
 

Hacía mucho tiempo que Leticia esperaba este momento. Desde que tuvo uso de razón  para comprenderlo, supo cual era la realidad de su vida. Fue aprendiendo a ser diferente de  las demás niñas  de su edad : ella tenía una madre que no estaba casada y un padre que sí lo estaba. Y no hubo más alternativas que conformarse con los retazos de tiempo que él podía darle. Muchas veces se quedó dormida en el sofá de  la sala esperando la visita prometida . Pero no había reproches .Sabía que existía  otra niña  como ella, también hija de su padre y frecuentemente le preguntaba  si alguna vez podría conocerla. Pero supo esperar. Ya en la adolescencia - cuando murió  el Dr. Reynal - Leticia vio a Laura desde cierta  distancia y se sorprendió también, por el parecido que ambas tenían entre sí. Entonces fue cuando  se prometió, que si alguna vez el destino las ponía frente a frente, ella se daría a conocer. Y eso había ocurrido y  Laura la había llamado.

La cita fue en pleno centro, en medio de una feria de artesanía . Ambas fueron puntuales. No habían transcurrido cuatro  horas desde el primer encuentro y ya estaban juntas. Abrazos, lágrimas, risas, se confundían y teniendo tanto que decirse, no sabían cómo empezar .

Caminaron por la calle 25 de Mayo , tomadas de la mano, como dos niñas que van  al parque a jugar . Llegaron a la Plaza Uruguaya. Los añosos árboles habían tejido un docel con sus copas  tupidas y  proyectaban una acogedora sombra  sobre los viejos bancos de madera. .Algunos  pocos  transeúntes, indiferentes, amodorrados  por el calor de la siesta, no podían  imaginarse  la importancia de ese  momento en la vida  de esas muchachas  jóvenes que acaban de llegar.

Las hermanas se sentaron y se acomodaron como para  seguir mirándose a los ojos.

- Los tenemos del mismo color - dijo Leticia  y ambas rieron.
 
Luego de contarse sobre sus estudios   y los  planes que tenían , se remontaron  a los años de la niñez.

- No, ni soñarlo . Cómo iba ir a tu mismo colegio - respondió Leticia a una pregunta de Laura - Yo fui a una escuela  laica donde no hacían tantas preguntas y no les importaba mi origen. En  tu colegio  no aceptaban a hijas adulterinas.

Laura se estremeció al escuchar esa palabra.
- No te preocupes - la consoló su hermana - yo aprendí a vivir con eso.

Y se contaron mil cosas. Descubrieron que aquellos preciosos regalos de su padre, que ambas lucían con cariño, habían sido dados por partida doble : la cadena de oro con el dije cristiano, el anillo de perlas con brillantitos de los quince años, el reloj del día de la graduación.....

- De pequeña tuve una muñeca preciosa, con cara de porcelana....- empezó a contar Leticia.

- Con vestido azul, con puntillas de encaje , y que decía “ mamá “ cuando la inclinabas - concluyó Laura., riendo .

Leticia le contó a su hermana que la casa donde vivía con su madre, estaba a su nombre, lo misma que la pequeña cuenta de ahorros en el banco donde ambas se encontraron

- Todas fueron precauciones  que el Dr. Reynal había adoptado, mucho antes de saber que tenía una seria cardiopatía.

- Lejos de sentir celos, Laura se alegraba al comprobar que su padre, pese a sus errores, había sido un buen hombre  con sus hijas . No hubiera soportado lo contrario.

La tarde se fue poniendo oscura . Era posible que sus respectivas madres se preocuparan. Regresaron a sus casas, no sin antes concertar otra cita .

Los encuentros de las hermanas se hicieron  frecuentes ; ya no podían estar la una sin la otra. Tenían que desandar los tramos de sus vidas buscando coincidencias, recuerdos compartidos   o dolorosas omisiones , como el hecho de que Leticia no hubiera podido conocer a su abuela paterna, quien siempre fingió ignorar su existencia.

Y llegó el momento temido : Leticia invitó a Laura a su casa “Mamá quiere verte” - le dijo. Al principio Laura titubeó ¿ sería eso traicionar a su  propia madre ? Pero finalmente dejó de lado sus escrúpulos.  Isaura, la madre de Leticia, era muy valiente al invitarla ; ella no podía ser menos. Además  sintió curiosidad por conocer  a esa mujer que años atrás , en plena juventud, había resuelto vivir en la sombra, marginada por una sociedad que la condenaba, todo por el amor  de un hombre ... ese hombre que era su padre.

Insegura e inquieta, llegó Laura del brazo de Leticia. No sabía qué decir, cómo actuar. Pensó que tendría que haber llevado un regalo, pero se dio cuenta de lo absurdo de la idea y resolvió enfrentar la situación con naturalidad, dejando simplemente que ocurriera.

Isaura salió a recibirlas. Abrió los brazos y estrechó a Laura, tan fuertemente, que la joven pudo sentir el palpitar de ese otro corazón junto a su pecho.

Esa noche, en su largo insomnio, Laura, prendida a su almohada, se debatía en la duda de si debía o no, contarle a su madre lo que había hecho. En medio de sus cavilaciones murmuró : ¡ Qué no daría porque mamá abrazara a Leticia como a mí su madre me abrazó !  Lamentaba y encontraba muy injusto, además, que la alegría de tener una hermana, tuviera que hacerla sentir culpable. De modo que tomó una decisión : debía hablar con su  madre. Para eso, tendría que actuar astutamente, hallar el momento y el lugar adecuados, porque sabía que el viejo rencor enquistado y endurecido, haría que doña Leonor  saliera de la habitación dando un portazo.

El domingo amaneció radiante, cálido.

- Ya no va a hacer frío, mamá , han florecido los chivatos.
 ¿Qué te parece si vamos al campo ?

Doña Leonor aceptó encantada la sugerencia de ir a almorzar a un parador muy pintoresco que habían visto una vez al pasar, camino a Piribebuy. La madre pensaba que el aire puro le vendría bien a Laura, porque últimamente  la encontraba rara, nerviosa.

-  ¡ Qué hermoso día !  Ni una nube en el cielo - comentó Laura . Cuando  se encontraban  ya  en campo abierto, aceleró levemente la velocidad y empezó a tratar el tema que la preocupaba.

Pero ni el paisaje, ni el aire del campo, lograban conmover los sentimientos de su madre.

Laura comenzó a llorar y le suplicó :

- ¡ Perdónalos ya, mamá !

-  Jamás . Prefiero la muerte - dijo firmemente - casi en el mismo momento en que intentando esquivar el cruce de unos animales en la ruta, Laura perdía el control del volante.

                                III

Habían pasado muchas horas  cuando doña Leonor recobró el conocimiento. El cielo ya estaba oscureciéndose, al menos el trozo de cielo que veía a través de una ventana pequeña. No sabía por qué estaba allí, no recordaba nada, hasta que poco a poco, como piezas de un rompecabezas que encajan entre sí, fue componiéndose la realidad.

- ¡ Laura ! ¡ Laura ! -  llamó -  ¿ Dónde está mi hija ?

-  Su hija está bien, señora, tranquilícese ; se está cambiando el vestido que se le rompió en el accidente.

Accidente. Ahora empezaba a recordar.
- Laura, quiero verte, quiero saber que estás bien - clamaba entre sollozos.

Y entonces se abrió  la puerta y doña Leonor  la vio entrar  sana y salva, sonriente, con un vestido seguramente  prestado , pero que le quedaba muy bien.

- Hija querida, mi Laura, mi pequeña, no hubiera querido vivir  si te hubiera pasado algo - decía mientras  la besaba y la abrazaba  con todas las fuerzas que le quedaban ..

-  Aquí estoy, mamá, tranquilízate, no te muevas, le respondía la joven  con voz entrecortada, sabiendo de la gravedad de su estado.

Poco después, con el semblante  embellecido por una beatífica sonrisa,  Leonor  expiró en brazos de Leticia , sin llegar a enterarse de que la joven que abrazaba  no era su hija .

                                                                                               30  de mayo 1997
 

Diciembre 1998



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